Ni tan lejos ni tan cerca

Por: Javier Andrés Barrero Salazar.

YA NO ESTOY AQUÍ. Con el mundo en donde está, este espléndido film me hizo eco, me emocionó, me sacudió, me hizo pensar y me provocó profunda admiración y respeto. Está en NETFLIX y habla con fuerza y poder. Al chingadazo, sin rodeos y con hartos huevos.  Guillermo del Toro.

Algunas veces hablar (u opinar, como es este caso), sobre algo que en la superficie parece lejano e incluso repulsivo, puede resultar complicado y dispendioso, sin embargo, “Ya no estoy aquí”, la película mexicana del director Fernando Frías, termina siendo más cercana de lo que parece, lo que permite escribir sin mayores prevenciones.

Monterrey, en el estado Nuevo León (México), se convirtió a mediados de la década del 70 en el siglo pasado, en una especie de embajada para la cumbia colombiana, la que hacían los Corraleros del Majagual, para citar solo una de las varias agrupaciones que llegó a esa ciudad y se convirtió en un referente cultural y que tuviera en Celso Piña (fallecido en agosto de 2019) a su máximo representante mexicano, gracias a la mezcla que hizo de las cumbias colombianas, el vallenato clásico que hace Alfredo Gutiérrez y algunos ritmos mexicanos.

A este nuevo movimiento socio-cultural-musical lo llamaron Kumbias Kolombia, en el que el sonido particular de la música radicaba en que la velocidad de reproducción del vinilo era disminuida, por lo que se les conocía como cumbias rebajadas, esto con la intención de sincronizar la música con los particulares movimientos del cuerpo. Este nuevo fenómeno caló mucho entre la juventud marginal y excluida, que, además de la singular danza, complementaba el ritual con una estética única que incluía cortes y peinados en los que la gomina en exceso predominaba, así como una ropa excesivamente ancha –oversize- (se notaba mucho más al ser bastante delgados los kumbias).

Foto: Netflix

En ese contexto se sitúa “Ya no estoy aquí”, Ulises, un joven hundido en la miseria de su entorno (interpretado soberbiamente por Juan Daniel García) y su pandilla Los Terkos, encuentran en la cumbia una vía de escape para sus frustraciones y el peligroso medio ambiente en el que se mueven. Se reúnen solo para bailar, para reír, para sentir que el mundo puede ser diferente. Ellos solo quieren vivir a su manera, ser felices, en medio de una realidad asfixiante de violencia, drogas y limitaciones que deben asumir. Así pasan el tiempo. Una desafortunada coincidencia, por estar en el momento y el lugar equivocados, es señalado como cómplice de la masacre de una pandilla del barrio por parte de un cartel de narcotraficantes. Ante esto, se ve forzado a salir de la ciudad, a dejar a sus carnales, a sus amados Terkos.

Ulises llega a Nueva York, pero no como lo hace la mayoría de latinos, está allá obligado por las circunstancias y más que verlo como el American Dream (Sueño Americano), para él representa un reto que debe superar si quiere seguir viviendo. Allí, en su oficio de ayudante de construcción, conoce a una joven china, Lin, quien, entre sorprendida y curiosa, ve en Ulises alguien a quien colaborarle y de quien puede aprender algo de su cultura, pues es en eso que la película tiene uno de sus varios méritos, Ulises, a pesar de estar en otro medio, no renuncia a sus cumbias, a su música, a su estética, a su identidad cultural.

Él no quiere aprender  a hablar inglés.  Por necesidad, medio entiende lo que le dicen, a él no lo entienden, porque, sumado a que habla español, usa una jerga que solo sus cuates entienden. Al ser atrapado por las autoridades gringas, lo devuelven a su país, no sin antes haber reflexionado sobre su situación, por lo que decide cortarse el cabello, cambiar su forma de vestir, tratar de ser más normal.

De regreso a Monterrey, encuentra una ciudad más agresiva que la que dejó, el narcotráfico controla buena parte del área. Busca a sus Terkos, encuentra que Isaia, uno de ellos, ingresó a una de las mafias, decisión que le costó la vida, Geremy, otro de sus carnales, se dedica a rimar versos de Hip Hop a manera de alabanzas al señor, pues ha escuchado y seguido el camino del señor.

De los otros no dan información, Ulises ve a Monterrey como un espacio en que el narcotráfico gana terreno. Una emotiva escena final nos muestra a Ulises en una montaña escuchando y bailando sus cumbias mientras que en el valle de la ciudad unas patrullas de policía persiguen a unos vándalos que están haciendo disturbios. De un momento a otro las pilas del mp3 se acaban. Fin de la música. Fin de la película.

Miseria, violencia, drogas, identidad, música y lealtad, son factores comunes que encontramos en “Ya no estoy aquí” y nuestra “Rodrigo D no Futuro”,  del director Víctor Gaviria, hecha en 1990. Ambas también tuvieron que esperar bastante tiempo para terminarse, la de Gaviria, casi cinco años, la de Frías, también cinco años.

Por momentos la inexpresividad de Ulises puede parecer asfixiante, pero no lo es. El personaje lo exige, debe ser frío, sereno, pensante. Mucha similitud con el personaje de Rodrigo D. El director mexicano asumió el reto de trabajar con actores naturales. Gaviria también.  Después de todo, no estamos ni tan cerca ni tan lejos.

Gracias por visitarnos, eres #:2375